miércoles 10 de junio de 2026 - Edición Nº2744

Cultura | 10 jun 2026

CRÓNICA DE UNA PROCESIÓN NOCTURNA

La última misa de los juguetes perdidos

Postales de una vigilia de dieciocho horas donde el dolor se transformó en fiesta callejera. Los vecinos, el asfalto avellanedense y el cumplimiento de una última voluntad: "Que la muerte me encuentre vivo".


La caravana avanzaba lenta sobre el bulevar de la avenida Mitre, testigo mudo de la última peregrinación ricotera. En esa larga marcha, los caminantes se deslizaban sobre un mar negro, gambeteando cardúmenes de plástico y aluminio —en el fondo, tesoros del arte callejero—, y desplegaban sin pudor todo el arsenal que integra las reliquias de la estética ricotera.

Los troncos de los palos borrachos, alineados en los canteros que parten los carriles de esta arteria avellanedense, cosidos con cordeles, oficiaban de soporte para las remeras estampadas con el rostro y las frases del líder fallecido. Del interior de los autos y camionetas brotaban las canciones del ídolo, que oficiaban de coro.

Fogones, parrillas apostadas en carpas, carritos festoneados de guirnaldas y refugios del transporte público «tomados prestados» para la ocasión, sostenían la exposición de vituallas cuyos aromas estimulaban el deseo de los peregrinos en su bulliciosa marcha hacia el altar del santo pagano.

Algunos medios fogonearon a la barriada para que tomara precauciones ante el «aluvión ricotero»; sin embargo, los vecinos acompañaron cordialmente a la muchedumbre, que torció el pulso de este sector de la otrora Barracas al Sur.

Banderas rojas y negras sobre lienzos blancos prendidas a los muros, y la aparición oportuna de un padre alzando a un niño que hacía monerías, quebraron la monotonía de una noche de balcones cerrados y luces apagadas.

Los gritos de los vendedores —«¡A mil el agua! ¡Tres por diez las cervezas!»— atravesaban las filas con bandejas colmadas de alegrías. A los costados, oportunos comerciantes ofrecían tortas y sándwiches; sobre las veredas, los concurrentes danzaban tribalmente —reviviendo el pogo de Jijiji— al son de la sempiterna música ricotera, blandiendo el ritual envase de plástico cortado, rebosante de fernet con cola.

Filosas y transparentes, las flechas caían sin cesar sobre las cabezas de los estoicos peregrinos con lágrimas contenidas, pero alegría en el pecho. La «baranda» de los cigarros, el «humito» de las parrillas y los latigazos de las luminarias completaban el marco del último encuentro con este dios de la cultura popular.

A las cuatro de la mañana del lunes 8 de junio, los responsables de la organización, junto con los familiares del Indio, consensuaron el cierre de las puertas del Polideportivo Gatica, que había oficiado de albergue del altar.

Los abnegados fieles le dedicaron dieciocho horas ininterrumpidas para rendirle el adiós en el plano terrenal y cumplir con su última voluntad:

«Me gustaría que la muerte me encuentre vivo».

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