Es un viernes especial, el inicio de un fin de semana largo. Me dirijo a Mataderos, un barrio popular de la Ciudad de Buenos Aires, para entrevistar a Rubén Otero, uno de los sobrevivientes del Crucero ARA General Belgrano, hundido por las fuerzas británicas durante la Guerra de Malvinas.
Llegué puntual a la cita: las 14:30 h. El encuentro es en el PH del fondo de Cafayate al 1500, su casa natal. Hoy en el lugar funciona como el taller de imprenta que maneja junto a su hijo, pero también alberga un sector que transformó en estudio musical, el espacio donde desarrolla su otra gran pasión.
La vida a bordo del Belgrano era, en palabras de su protagonista, la de una "pequeña ciudad flotante". Con 1093 hombres compartiendo el día a día, la camaradería y el profesionalismo se mantenían en lo más alto tras haber zarpado de Ushuaia el 24 de abril de 1982. Sin embargo, el destino de la embarcación y de toda su tripulación cambiaría para siempre la tarde del 2 de mayo, en un episodio que quedó marcado a fuego en la historia de nuestro país.
Tras cancelarse una misión de ataque en pinzas por razones climáticas, el Belgrano recibió la orden de cambiar de rumbo y navegar con proa al continente, manteniéndose fuera de la zona de exclusión británica. Nadie a bordo sospechaba que, bajo la superficie, el submarino nuclear británico HMS Conqueror ya los tenía en la mira.
Un cambio de planes providencial
Minutos antes de las cuatro de la tarde, Rubén se preparaba para cubrir su guardia de 16:00 a 20:00 horas en la proa del buque, donde debía controlar los tanques de agua potable. Tras cruzarse con el compañero a quien debía relevar, quien le aseguró que todo estaba en orden, emprendió la caminata por el pasillo del crucero, una imponente estructura de casi dos cuadras de largo.
Fue a mitad de camino cuando un detalle fortuito alteró su rutina: notó que tenía un poco de barba. En lugar de continuar hacia la proa, decidió bajar a la tercera cubierta, directo a su dormitorio, para buscar sus elementos de afeitar.
"Abrí la taquilla, saqué el pote de vidrio, la crema Palmolive verde, la brocha y la hojita Gillette. Cuando me levanté del piso para ir al baño, ahí es donde pegó el primer torpedo. Eran las 16:01", recuerda Rubén.
El impacto sumió al barco en una oscuridad absoluta y en un silencio sepulcral, quebrado únicamente por la inmediata inclinación de la nave hacia babor. Segundos después, se oyó el estruendo del segundo torpedo. El proyectil impactó de lleno en la proa, destruyendo por completo los metros de estructura donde Rubén tendría que haber estado parado. "Los chicos que estaban ahí... la gran mayoría falleció en el acto, incluido el compañero que me acababa de entregar el puesto", confiesa con brillo en los ojos y la voz entrecortada.

La odisea en el Atlántico Sur
A las 16:23, ante una inclinación irreversible, el comandante dio la orden oficial de abandonar la nave. Pocos minutos antes de las cinco de la tarde, el Belgrano desapareció bajo las gélidas aguas del Atlántico Sur. "Verlo hundirse desde la balsa fue una de las cosas más tristes de mi vida", rememora Rubén, quien logró ponerse a salvo a tiempo.
A partir de allí comenzó una agonía que se extendió por más de 40 horas. Las 22 personas apiñadas en la balsa debieron resistir un temporal imponente, con olas de hasta cinco metros y temperaturas nocturnas que rozaban los 15 grados bajo cero, dándose calor mutuamente para no caer en una hipotermia mortal. La salvación llegó en la mañana del 4 de mayo, cuando el Destructor Bouchard apareció en el horizonte para rescatarlos en una maniobra heroica.

El arte como balsa: música, batería y teatro para "Seguir a flote"
Si el regreso al continente y el reencuentro con su familia marcaron el fin de la odisea física, la verdadera batalla psicológica para procesar el horror apenas comenzaba. En ese largo camino de posguerra, Rubén encontró en el arte el canal indispensable para transmutar el dolor y la culpa del sobreviviente.
La música se convirtió en su primer refugio. Sentarse detrás de la batería le permitió canalizar la tensión acumulada, transformando aquellos estruendos ensordecedores de los torpedos y el riguroso "runrún" de los motores del buque en un pulso rítmico vital; una descarga de energía que lo aferró fuertemente a la vida.
Pero su necesidad de comunicar y sanar colectivamente lo llevó aún más lejos. En los últimos años, Rubén viene presentando una obra de teatro íntima y testimonial que lo tiene como protagonista absoluto y que sintetiza su filosofía de posguerra: "Seguir a flote".
En esta pieza, Rubén revive sobre las tablas los episodios más dramáticos del Crucero General Belgrano, poniéndole el cuerpo y la voz a sus propios recuerdos. La obra no solo funciona como un ejercicio de sanación personal, sino también como una propuesta de enorme valor histórico y pedagógico que conmueve al público y rinde un homenaje vivo a sus compañeros.
A 44 años de la gesta, Rubén asegura que la herida sigue abierta, pero que el arte le dio un propósito. Para él, cada 2 de mayo representa una oportunidad para volver a nacer y —ya sea desde el escenario de un teatro, el aula de una escuela o detrás de los platillos de su batería— mantener un compromiso ineludible:
"Uno vuelve físicamente, pero una parte del corazón se queda allá en el sur para siempre. 'Seguir a flote' es mi manera de honrar a los 323 héroes que custodian nuestro mar".