Los puentes Pueyrredón no son solo obras de ingeniería vial, sino el cordón umbilical que conecta el corazón productivo del Conurbano con el centro de las decisiones políticas. A lo largo de casi un siglo, sus estructuras de hierro y hormigón han sido testigos mudos de los giros más dramáticos de la vida nacional, funcionando como un embudo donde las crisis sociales, inevitablemente, terminan por estallar.

1945: El cruce del “aluvión zoológico”
La mística política del puente nació el 17 de octubre de 1945. Aquella jornada, las columnas obreras que bajaban desde los frigoríficos de Berisso y las textiles de Avellaneda se toparon con un obstáculo físico: el gobierno militar había ordenado levantar el tramo levadizo para impedir que "el aluvión" llegara a la Plaza de Mayo. 276
Esa decisión política de bloquear el paso transformó a la estructura en un símbolo de exclusión. Sin embargo, la voluntad popular fue más fuerte. Los trabajadores cruzaron en botes, a nado o trepando las vigas metálicas. El puente, al bajar finalmente sus brazos de hierro, no solo unió dos orillas: dio paso al nacimiento del peronismo y a la irrupción definitiva de la clase trabajadora en la escena política argentina.

2002: El santuario del dolor y la resistencia
Casi seis décadas después, el escenario se repitió con un tinte mucho más sombrío. El 26 de junio de 2002, en plena crisis post-convertibilidad, el Nuevo Puente Pueyrredón —inaugurado en 1969 a escasos trescientos metros del anterior— volvió a ser el epicentro del conflicto. Las organizaciones sociales intentaron cortar el acceso para reclamar derechos básicos en un contexto de violencia, hambre y desocupación.
Lo que debió ser una protesta social terminó en lo que la historia bautizó como la “Masacre de Avellaneda”. La represión policial, que comenzó en las subidas del puente y culminó en la estación ferroviaria con los asesinatos de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán, marcó un punto de no retorno para el gobierno de Eduardo Duhalde.
Si en el 45 el puente fue el lugar de la esperanza y el ascenso social, en 2002 se convirtió en un santuario de la lucha popular y el dolor. El Riachuelo, una vez más, se ratificó como la frontera de las deudas sociales pendientes.
Inmóviles sobre aguas turbias, los puentes Pueyrredón permanecen como testigos de un tiempo circular. Entre la mística de 1945 y la tragedia de 2002, Avellaneda se consolida como el escenario donde se escribe la historia indómita de la resistencia argentina. Sus estructuras son la prueba de que la distancia entre el sur bonaerense y la Casa Rosada no se mide en kilómetros, sino en la tensión de un país que todavía busca integrar sus dos orillas.