jueves 16 de abril de 2026 - Edición Nº2689

Avellaneda | 16 abr 2026

RELATOS DE LA DÉCADA INFAME

El patrón de Avellaneda: el orden de Barceló y el plomo de Ruggierito

Entre el fraude electoral y la asistencia social, el binomio que controló el sur del conurbano construyó un poder paralelo que sostuvo al gobernador Manuel Fresco y definió la política argentina de los años 30.


Durante los años 1930 —aquella "Década Infame" marcada por el "fraude patriótico" que se prolongó hasta 1943—, el intendente Alberto Barceló y su brazo armado, Juan Nicolás Ruggiero, alias "Ruggierito", tejieron una red de control social y político que se convirtió en el sostén principal del gobernador Manuel Fresco. Fue una era donde la democracia no se decidía en las urnas, sino en la tensión entre el comité y las armas.

Para desentrañar la política de aquel tiempo, es imprescindible analizar el despacho de Barceló. El caudillo conservador no se limitaba a gobernar una ciudad; administraba un engranaje de lealtades. Sin embargo, aquel esquema requería de un ejecutor, alguien capaz de transitar el barro de Piñeyro y los frigoríficos de Dock Sud: allí emergía la figura de Ruggierito.

Lejos de ser un funcionario de carrera, Ruggierito lideraba a los "muchachos" del comité. Era el encargado de garantizar que los escrutinios arrojaran siempre los resultados esperados. Su imagen combinaba la del benefactor barrial con la del matón implacable: repartía alimentos y favores con la misma mano con la que amedrentaba a socialistas y radicales en cada jornada electoral.

Desde la capital provincial, Manuel Fresco observaba a Avellaneda con pragmatismo. El gobernador encarnaba un conservadurismo moderno y autoritario, admirador de los regímenes fuertes europeos, que buscaba disciplinar a Buenos Aires mediante la obra pública monumental y el corporativismo.

La relación era simbiótica: Fresco dependía del caudal de sufragios que Barceló le aseguraba; a cambio, el municipio recibía partidas presupuestarias para pavimentación y modernización. Era la alianza perfecta: la gobernación aportaba la ideología y la infraestructura, mientras que el caudillo local garantizaba el territorio y el control de las mesas mediante la coacción.

Esta estructura no se sostenía únicamente por la violencia; funcionaba como un Estado paralelo. Si un vecino de Villa Tranquila necesitaba medicamentos o empleo, acudía al comité de Ruggiero. El precio de esa ayuda era la lealtad absoluta cada domingo de comicios.

En este contexto, el fraude no se ocultaba; se exhibía como un "mal necesario" para la salvación de la patria. Los "volcadores" de urnas eran figuras célebres de la noche de Avellaneda, amparados por una fuerza policial que, con frecuencia, respondía más a las órdenes del intendente que a las del Ministerio de Seguridad.

El declive de este triunvirato de poder comenzó temprano, con el asesinato de Ruggierito el 21 de octubre de 1933, y terminó de sellarse con la intervención federal a la provincia de Fresco en 1940. La desaparición física del 'brazo armado' de Avellaneda inició el lento desmoronamiento del esquema de punteros y sicarios que había apuntalado al conservadurismo bonaerense durante más de una década.

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