La Casa del Niño es una institución histórica de Wilde, ubicada frente a la plaza Fátima, que desde mediados de los años noventa cumple un rol fundamental en la vida del barrio y la comunidad. En diálogo con Avellaneda Hoy, su presidente, Eduardo Benítez, destacó la importancia del espacio como lugar de contención, asistencia y oportunidades para niños, jóvenes y familias.
-Eduardo, contanos un poco qué es “La Casa del Niño”.
La Casa, al principio, funcionaba como un hogar para niños en situación de calle o con problemas de conducta vinculados a la minoridad. En esos años se trabajaba con el Poder Judicial: era un lugar de estar para los chicos, siempre menores. Se firmaba un convenio con las autoridades judiciales y se dictaban clases de primaria que, al terminar, continuaban en la secundaria ubicada en Merlo 5600. Los chicos finalizaban allí sus estudios, y ese fue el principio de la institución.
En 2013/2014 surgió una nueva propuesta, ya no como hogar materno-infantil, pero cumpliendo un rol fundamental de contención y sociabilización para el barrio o para el pueblo que lo necesitara. Así comenzó esta nueva etapa. Es decir, fueron como dos inauguraciones: en 1995 arrancó como hogar infantil y ahora continúa la misma institución con otros fines.
- ¿Cuándo pensaste en la asistencia social?
Mirá, todos los que venimos —no me gusta decir pobres, prefiero decir humildes— sentimos la asistencia social como un deber moral con nosotros mismos. Desde muy chico me inicié en esto, en mi caso a partir de los ocho años, cuando veía cómo se organizaba el Día de las Niñeces en los barrios.
Por otro lado, tuve compañeros comprometidos en ayudar a los vecinos, tratando de resolver situaciones que les complicaban la diaria. Yo tuve muchos ejemplos que trabajaron en esto: familiares, amigos. Y la verdad es que lo llevo en el alma. No podría vivir si no trabajara en esto, si no generara los ámbitos para que la gente se sienta ayudada y asesorada en un montón de situaciones que se les escapan de las manos en los barrios.

¿Cómo es el barrio?
El barrio es conocido como Barrio Fátima. El nombre se lo da la iglesia que está enfrente de la plaza y que lleva la misma denominación. Acá, generalmente, no hay problemas: la gente es laburadora y honesta.
Hemos tenido un montón de situaciones donde necesitamos ayuda de los vecinos, y solo hacía falta una convocatoria mínima para que vinieran, se acercaran y preguntaran: “¿Che, qué podemos hacer? ¿En qué podemos ayudar?”. Desde colaborar con la limpieza hasta pintar la institución. Muchas veces, con lo poco que tienen, se comprometen porque saben que acá siempre están las puertas abiertas.
¿Solo contás con esa ayuda?
No. La institución también cuenta con un apoyo elemental: el del senador provincial Emmanuel González Santalla. Esa realidad surge de un hecho concreto: un día se acercó para entender de qué se trataba lo que estábamos haciendo y qué se podía hacer para darle una mano a la gente.
Gracias a esa ayuda importante pudimos dar muchas respuestas a situaciones complicadas en lo social, lo económico, lo cultural y lo deportivo. Junto a Emanuel y otros compañeros solidificamos la institución.
¿Qué actividades realizan en la institución?
Las actividades son de índole deportiva y cultural. Tres veces por semana se dictan clases de taekwondo para niños y adultos. También tenemos un profesor acreditado de kickboxing, a quien le debemos haber rescatado no menos de cuatro o cinco chicos de la calle, que encontraron un lugar en nuestra Casa.
Contamos con un profesor de gimnasia y con fútbol infantil tres veces por semana. Además, tenemos talleres de literatura, comprensión de textos y escritura. Próximamente sumaremos música, con clases de órgano, guitarra y batería.
Lo que buscamos es que, desde la mañana hasta la tarde-noche, la Casa esté llena de actividades deportivas y sociales, para que chicos, chicas y también adultos mayores tengan un espacio de contención.
Cuando inauguramos, sentíamos la necesidad de hacer algo cultural. Pero en 2015, cuando la situación comenzó a complicarse, abrimos un comedor en la institución. La tarea se hizo mucho más difícil. Desde entonces hasta hoy, dos veces por semana funciona un comedor en La Casa del Niño, donde se reparten entre 120 y 130 porciones, atendiendo no solo al barrio Fátima sino también al barrio Dominico y a otros lugares donde haya necesidad.
- Por lo que me contás, ¿hay nuevos proyectos?
Sí. Tenemos proyectado, o al menos la idea, de construir un salón de fiestas y, si es posible, un gimnasio. Queremos darle más bienestar a la gente que se acerca a la institución. Con esto, las actividades deportivas y sociales estarían completas.
El salón de fiestas lo pensamos porque todos sabemos que alquilar uno cuesta mucho dinero. Sería para la comunidad, no gratis, pero sí a un precio comunitario. Así se podrían realizar cumpleaños para niños y fiestas de adultos.
- Además del festejo del Día del Niño, ¿van a celebrar el Día de la Primavera?
Exactamente. La idea es juntar ambas actividades, convocando a las familias con el mate y los chicos. Si es posible, sin el celular, para hacer actividades al aire libre: juegos de mesa, carreras de embolsados. La idea es que dejen la electrónica por un rato.
Aclaro que no tenemos nada contra la tecnología, pero la realidad es que se ha perdido un poco eso de interactuar entre niños de la misma edad: que jueguen, que se diviertan, que discutan, que vean que hay que hacer las cosas con amor, con pasión y con ganas. Eso hacemos en el Día del Niño y ahora queremos repetirlo en el Día de la Primavera.
- Además de presidente de la institución, ¿sos escritor?
Muy mal escritor, pero escritor al fin. Eso no se negocia ni se elige: viene de las entrañas y de la esencia de uno mismo. Soy un gran lector desde muy chico, y la lectura siempre fue un disparador.
En mi caso, el disparador fue el dolor. En 2016/2017 lo llevé a la escritura, donde conté la historia de un gran amor que me dejó. Después vino Aventuras Luminosas, que escribí en los monoblocks donde me crié, y allí plasmé mis pensamientos de niño.

El tercer libro fue El Rey Simón. En principio habla de espiritualidad, pero a la mitad se convierte en una novela donde cuatro amigos se encuentran en un lugar intangible, donde nada parece real. La lucha final muestra cómo la verdad supera la ficción, y es el que más me gusta.
El cuarto libro es el que más tiempo me llevó y el que más removió mis entrañas: se lo dediqué a mi hija, que con 31 años partió al cielo. La verdad es que nunca pude compensar ese dolor. Un duelo no se compensa, se atraviesa.
En la literatura encontré una vía de escape para contar mi tristeza y mi angustia en mis noches de insomnio. Ese último libro lo llamé Belenchu, una historia de amor. Narra lo que viví con ella desde el primer síntoma de la enfermedad, cómo fuimos atravesando esa situación hasta el final. Es un lindo libro para leer.
¿Querés agregar algo más?
Sí. En mis sueños, anhelos y objetivos siempre hay movimiento. Yo, como presidente de la institución, no quiero perpetuarme en el cargo. Tienen que venir otros. Tenemos que lograr transferir los sueños y anhelos. Nosotros podemos plantar la semilla, pero otros tienen que regar, cuidar y cosechar.
Debemos ser lo suficientemente valientes para entender que no tenemos que quedarnos, y comprender que el trasvasamiento es necesario para que las generaciones futuras sientan el mismo dolor que sentimos nosotros cuando vemos la necesidad de la gente. Se nos tiene que poner la piel de gallina para que otros vengan a hacer lo que hacemos nosotros y que lo hagan mejor. Ese es mi sueño y mi anhelo en la institución.