viernes 18 de junio de 2021 - Edición Nº926

Cultura | 13 may 2021

Historia de Avellaneda

El Escudo Municipal de la discordia

El historiador Oscar Andrés De Masi comparte la historia del concurso de diseño para realizar el escudo municipal de Avellaneda en 1953, que puso de relieve las tensiones políticas que ocurrían en nuestra ciudad y a las cuales no era ajeno, tampoco, el arte.


Por: Oscar Andrés De Masi

Tengo a la vista un cuadernillo de 57 páginas, ilustrado y muy bien impreso en los talleres gráficos de Bartolomé U. Chiesino (con sede en la calle Ameghino Nº 838 de Avellaneda) en diciembre de 1954. Se trata de la publicación dispuesta por la Municipalidad de Avellaneda para informar a la opinión pública acerca del procedimiento cumplido para que el distrito tuviera un escudo oficial.

Espigando en sus páginas, rescatamos el relato de aquel concurso de diseños, de su resultado  y de  las alternativas de su  conflictivo tratamiento en el cuerpo legislativo local, en el invierno de aquel mismo año.

Más allá de la indudable belleza gráfica del modelo elegido, el episodio puso de relieve las tensiones políticas epocales que ocurrían en Avellaneda y a las cuales no era ajeno, tampoco, el arte.

El concurso

La Ordenanza Nº 2320 del año 1949 había autorizado a la Intendencia municipal de Avellaneda a llamar a un concurso artístico para la creación de un escudo oficial. En general, se intentaba que los distritos de la provincia de Buenos Aires que no tenían blasón oficial, tuvieran uno, como parte de una agenda de fortalecimiento de la identidad de las comunas. 

De hecho, el Congreso Extraordinario de Municipios de la Provincia de Buenos Aires, que se celebró en octubre de 1954, recomendó enfáticamente trabajar el tema de los escudos municipales en base a las “tradiciones lugareñas”. Tal vez, incluso, el caso de Avellaneda haya dinamizado esta recomendación.

Si bien Avellaneda se anticipó a esta situación, aquel concepto de tradición lugareña sufrió una clara interferencia política a la hora de redactar las bases del concurso, según veremos enseguida. 

En noviembre de 1953 fue dictado el Reglamento respectivo, que autorizaba a cada concursante a enviar un máximo de dos diseños, originales e inéditos, presentados en papel blanco de 0,40 m por 0,30 m.

Las propuestas debían acompañarse en dos versiones: una a todo color y otra en tinta china (aunque esta última debía observar las convenciones propias de la heráldica para la representación de los colores).

Con cada diseño debía adjuntarse una memoria técnica, en la cual el autor o la autora explicarían la forma elegida, la partición y repartición de los campos, los colores, el simbolismo etcétera.

Era obligatorio incluir, dentro o fuera del blasón, la leyenda “PAZ Y TRABAJO”.

El jurado, compuesto por siete miembros, emitiría su voto en base a la identificación que los diseños lograran, tanto con los “postulados nacionales” (esto es, la agenda programática del gobierno nacional y su Plan Quinquenal), como con la idiosincracia de Avellaneda y cierta unidad formal con los escudos nacional y provincial. Esto último no se cumplió, salvo por la forma ovalada. 

Participaron 21 artistas, entre los cuales había sólo una era mujer, que fue la ganadora.

El jurado se expidió el 4 de enero de 1954 y el diseño de la señorita Maruja Zapata fue elegido por unanimidad. La recompensa en dinero era de $2.000.-

La comunidad de Avellaneda pudo apreciar la obra seleccionada desde el 8 al 22 de julio de ese mismo año, en una vidriera que se montó en la Dirección de Cultura, ubicada en la avenida Mitre. ¿Qué habrán pensado los vecinos ante este novedoso escudo comunal? Seguramente, y más allá de los méritos de la artista, las opiniones debieron quedar divididas. Porque no se trataba de una cuestión artística neutra o meramente decorativa: la política había quedado implicada en la matriz de aquel concurso, en un momento de crecientes e irreconciliables disensos nacionales.

El diseño ganador

Dentro de un contorno ovalado, aparecía una rueda dentada. Un brazo sostenía, en primer plano, sobre la palma de la mano, el perfil de un edificio fabril. Por detrás, un ala. En una cenefa se leía la leyenda “PAZ Y TRABAJO”. También se incluyó un ramo de laureles cuyas hojas iban separadas por puntos rojos. Todo ello con evidente voluntad de forma moderna, que fue una característica de la producción gráfica del Justicialismo de aquellos años.

La autora explicó el simbolismo elegido de la siguiente manera: la rueda dentada representaba la industria; el brazo era el factor humano inherente al trabajador, con su capacidad y energía; el edificio fabril, con sus chimeneas, era el resultado del esfuerzo laboral (aunque más bien debió decir que era el espacio icónico del trabajo, toda vez que las fábricas, por regla general, pertenecían al capitalista y no al obrero…); el ala evocaba las condiciones de justicia social e integridad moral del trabajador argentino: los laureles eran los llamados “laureles peronistas”, casi idénticos a los del escudo justicialista oficial, y significaban en ambos casos la lealtad al líder del movimiento justicialista.

Una valoración meramente estética de la obra de Maruja Zapata permite apreciar unos valores gráficos dignos de ponderación. El diseño es neto y atractivo, y los colores logran un efecto interesante. La autora consiguió plasmar en su trabajo una síntesis de las bases propuestas por el Reglamento. Pero el problema iba a plantearse en relación con las notas políticas del blasón y sus símbolos. En este punto, la artista no podía ser culpada por haber interpretado tan cabalmente las bases del concurso. El conflicto se derivaba, justamente, de la filiación implicada en aquellas bases. O más bien de un aspecto en especial: los laureles y su connotación partidaria.

 

La joven autora

La ganadora era muy joven: tenía apenas 21 años y había nacido en la Capital Federal un 17 de julio de 1932. Pero residía en Avellaneda desde hacía una década. Vale decir que era una vecina del distrito.

Fue una alumna sobresaliente de la Escuela de Bellas Artes “Manuel Belgrano” y completó su formación en la Escuela Nacional de Bellas Artes “Prilidiano Pueyrredon”. Al momento del concurso se hallaba en el cuarto año de la Escuela Superior de Bellas Artes de La Plata.

Pese a su juventud ya había participado en varias muestras colectivas, desde 1949, tanto en la Capital como en el interior y en Avellaneda. Y había obtenido, además, premios en varios salones.

En 1950 participó en un proyecto de marcada identidad partidaria: las decoraciones para la Fundación Eva Perón en Córdoba.

La profesora Zapata alternaba el dictado de las clases de arte para niños con trabajos publicitarios. Precisamente, su diseño para el escudo de Avellaneda asumía los rasgos formales de la producción gráfica del período justicialista, que fue muy prolífica y formó parte de una estrategia de comunicación visual sostenida, donde los nuevos símbolos (asociados al liderazgo de Perón y a la figura de Eva Perón, y de intensa visibilización de la clase trabajadora) venían a reemplazar a las alegorías tradicionales del estado liberal burgués.

La discordia en el Concejo Deliberante

El 7 de julio de 1954 se reunió el Concejo Deliberante de Avellaneda con el objeto, entre otros, de aprobar la actuación del jurado y oficializar el escudo elegido y premiado.

El concejal informante, de apellido Cuesta, justificó la decisión y explicó, además, que el escudo reflejaba “el esfuerzo industrial de la populosa ciudad de Avellaneda, ese esfuerzo que la ha levantado como una de las más grandes y poderosas del país, esa marea de fábricas…” etcétera.

Por supuesto, dedicó algunas palabras a la alegoría de la lealtad, la cual representaba, a su juicio, la fidelidad del pueblo de Avellaneda a la figura de Perón. Con estos fundamentos y otros más, solicitaba la aprobación.

En este punto tomó la palabra el concejal Alegre de la Unión Cívica Radical, quien explicó que su bloque no podía bajo ningún concepto aprobar el escudo ya que en las bases no se habían incluido los colores patrios. De inmediato fue interrumpido por el concejal Scacheri, quien fue mandado a callar por el presidente del Concejo, que era Enrique Fernandez, también justicialista. 

Continuó entonces Alegre objetando el lema “PAZ Y TRABAJO”, con un curioso argumento: decía que, también, podía ser el lema de los condenados a trabajos forzados en las canteras de piedra…

Comenzaron entonces los gritos en la barra y gritaba también el concejal Jaetta: “-No será comunista el concejal?-“ A lo cual el radical responde: “-Menos peronista, cualquier cosa…-“ Y pasó a objetar la conformación del jurado, lo cual motivó nuevas interrupciones y diálogos de este tono:

Concejal Scacheri: -Pero ustedes están en duda toda la vida…-

Concejal Alegre: -Por favor Scacheri, déjeme hablar. Esta es mi opinión formal y la digo honrada y lealmente-

Concejal Scacheri: -Ustedes dudan de ustedes mismos…-

Concejal Alegre: -Es difícil que en este concurso…-

Concejal Scacheri (lo interrumpe nuevamente): -Es difícil para ustedes…El señor concejal ha estado diciendo pavadas toda la noche…-“

Para entonces la barra gritaba y sonaba la campana pidiendo orden en la sala. La deliberación se había vuelto descontrolada y descabellada, distanciándose del objetivo de su votación, y provocando el retiro del recinto de la bancada radical en pleno. Eran las 23: 45 horas.

Los peronistas continuaron en uso de la palabra, sin discrepancia ahora. Más aún, la apuesta dialéctica fue redoblada por el concejal  Emanuel (así era su apellido) quien admitía que, quizá, lo más controversial eran los laureles peronistas, casi idénticos a los del escudo del partido justicialista. Pero concluía que: “-Avellaneda necesariamente debe tenerlo porque Avellaneda es una ciudad esencialmente peronista…-“ Seguramente los radicales y algún socialista no estarían tan de acuerdo. 

Sometido el proyecto a votación, fue aprobado por ocho votos, a las doce de la noche. La Ordenanza llevó el número 3590 y fue promulgada por el Intendente una semana más tarde, el 14 de julio de 1954.

Pero poco habrá durado aquel blasón municipal: el golpe de estado del año 1955 que derrocó al presidente Perón se caracterizó por una intensa supresión de los dispositivos simbólicos del Justicialismo, con la errada convicción de que, destruidos los emblemas (monumentos, bustos, canciones, afiches, escudos…), iba a extinguirse la memoria de esa enorme porción del pueblo que siguió recordando a sus líderes.

 
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