EDUCACIóN | 12 DIC 2024

OPINIóN

Ser ciudadanos en la escuela en tiempos de cultura digital

Esteban Carbonaro, Licenciado y Profesor en Ciencias de la Comunicación de la UBA, reflexiona sobre las instituciones educativas.




Los debates que atraviesan a los procesos de enseñanza y de aprendizaje forman parte de cuestiones que trascienden las aulas. Desde las políticas estatales cristalizadas en la normativa, tan dogmática como cambiante; que ordena, pero al mismo tiempo limita, pasando por todo tipo de información que circula a través de los viejos medios, la radio y la televisión, como los nuevos medios, que nuclean a todo tipo de plataforma en redes, siempre la escuela es noticia. En este contexto, la potencialidad que brinda la cultura digital genera un incalculable caudal de circulación de información, desde aquella que puede verificarse con fuentes confiables hasta las fakes news. Quizá, una pista posible es que nos preguntamos cómo podemos detenernos en la vorágine de discursos y reflexionar acerca de qué cuestiones son centrales para pensar, reflexionar y pensar acciones posibles. Diría el semiólogo Umberto Eco (2016), hay que frenar esta semiosis y formularnos algunas preguntas que se vuelven imprescindibles si queremos salir de un circulo vicioso donde la escuela se la asocia con significantes tales como anacronismo y retraso y solo se convierte en noticiable con titulares que señalan que los alumnos no comprenden lo que leen o circulan videos sobre situaciones de violencia física y verbal, ciberacoso,  grooming o usos indebidos de la inteligencia artificial Las instituciones educativas dejaron ser para muchos, y lo peor que se ha comenzado a naturalizar, espacios donde el conocimiento ocupa un lugar central. La figura de los docentes como profesionales e intelectuales capaces de generar esa “diferencia” que hacía de lo escolar un espacio donde se construía una mirada crítica, superadora y emancipadora prácticamente se ha desvanecido. Ese “afuera” -que la educación preparaba para enfrentar, desafiar y triunfar, tan propio del pensamiento moderno que enlazaba al profesor con la luz del saber-no cesa de entrar a través de todo tipo de dispositivos electrónicos.

Desde el campo de comunicación/ educación podemos abordar, al menos una cuestión que abarca los diversos campos de batalla que tiene la escuela del siglo xxi.  Tal como plantea Jorge Huergo (2013), se vuelve fundamental el “reconocimiento del mundo cultural, considerando que la cultura no sólo es un conjunto de estrategias para vivir, también es el campo de lucha por el significado de la experiencia, de la vida y del mundo”. La escuela es un motor central para construir ciudadanía. Aquella que está atravesada por lo digital y qué incluye pensar límites posibles entre los mundos privados y públicos de docentes y familias. Es necesario establecer acuerdos de convivencia digital que construyan bordes, sanos y necesarios, en torno a usos posibles, desde ninguno hasta varios de grupos de WhatsApp, classroom, correos electrónicos institucionales, espacios de conexión y de desconexión en momentos áulicos y de trabajos entre adultos. La ensayista española Remedios Zafra (2024), respecto a este tema, señala: “No hay educación posible sin tiempo para pensar, sin distanciamiento, sin aburrimiento, sin curiosidad. No hay educación sin desconexión”. Esto no amerita el aislamiento absoluto sino la búsqueda de equilibrios. ¿Cuándo se convirtió en indiscutible llamar a nuestros hijos durante el tiempo escolar? ¿Cuándo consideramos que siempre hay un motivo para un urgente que amerita interrumpir una clase? ¿Por qué todo debe ser registrado, desde las tan nombradas actas con sus respectivas evidencias en audios, videos y capturas de pantalla para tener las evidencias que sitúan al otro como victimario?

Pareciera que la ciudadanía digital hoy se está convirtiendo en una vigilancia continua para encontrar la falta, el culpable, el error ante otro que se volvió en intolerable. Al respecto, el filósofo Darío Sztajnszrajber (2014) afirma “El que tolera se vuelve portador de racionalidad y el intolerante alguien primitivo. La tolerancia se presenta como un acto de civilización y paz. Mientras que la intolerancia como salvajismo, barbarie, guerra. En nombre de la tolerancia se han generado los peores dispositivos de exclusión (…) Si tolerar siempre es soportar, no es siempre negativa mi relación con el otro, en el sentido de tener que aguantar su diferencia en lugar de involucrarme en ella. Tolerar sin abrirme a la diferencia, no me transforma, pero sobretodo, no transforma al otro, se lo sigue subordinando”. La escuela de la tolerancia es aquella que debe no solo convivir sino involucrarse con aquellos otros que son diferentes. Por ello, construir ciudanía en tiempos digitales nos invita a volver a cuestiones centrales. ¿Cómo convivo con el otro que es diferente? ¿Cómo entiendo que no debo modificar al otro, aunque piense que sus ideas, sus formas de enseñar, sus pensamientos políticos no coinciden con los míos? ¿Cómo me vínculo con ese otro no desde una lógica de la destrucción o desde una óptica que necesita ubicarlo por debajo de mí? Estas preguntas son centrales al interior de cada institución educativa, tanto desde la relación con las familias, el abordaje de los diversos saberes-potenciados por el acceso y usos en plataformas- con los estudiantes y, en especial el trabajo al interior de cada institución. Desde esa ciudadanía, la primera, la que antecedió a la cultura digital y sobre la que debe erigirse todos los pilares restantes está una base posible para pensar qué tipo de escuela queremos construir.

Tal como señala Jorge Huergo, “el desafío es “poder contar” nuestra historia, a la vez que “poder contarnos”, y no “ser contados” por los discursos dominantes”. Por ello, Paul Ricoeur (2005) destaca que la clave reside en la posibilidad de contarnos de otra manera a como hemos sido contados, y concluye que está allí la ganancia crítica del reconocimiento. La escuela tiene la posibilidad de ser contada desde otros relatos posibles. Pero depende de volver a origen de la palabra comunicación que es encontrarse y participar; la de construir desde y a partir de las diferencias, desde el respeto por ese otro. Otro que no lo define únicamente su conectividad, sus redes sociales, un estatuto docente, un derecho a enseñar y aprende y a trabajar. Todas estas dimensiones se vuelven posibles si hay una convivencia que posibilite una sanidad en lo vincular entre familias y docentes, alumnos y docentes y, finalmente, algo que pareciera estar muy quebrado cuando solo prima la lógica del mercado, la relación entre docentes, en sus diversos roles tanto como directivos, profesores y preceptores. Por ello, las grandes dificultades que se observan en y a partir de la ciudadanía digital, y lo planteo como una hipótesis posible, no será una alerta para interrogarnos qué ha ocurrido con la convivencia, aquella que se cimentaba en acciones y valores tan legítimos como la escucha, el agradecimiento, el reconocimiento a las virtudes del otro y las disculpa cuando error se hacía presente. ¿Qué escuela queremos en tiempos de ciudadanía digital cuando hay algo de lo tan obvio parece que quedó en la “papelera de reciclaje” de nuestras vidas de pantalla?

Esteban Carbonaro, diciembre 2024

Biografía

Esteban Guillermo Carbonaro es oriundo de la ciudad de Avellaneda, Provincia de Buenos Aires. Licenciado y Profesor en Enseñanza Media y Superior en Ciencias de la Comunicación de la UBA. Es Especialista de nivel Superior en Enseñanza con Imágenes; Diplomado Superior en Lectura, Escritura y Educación; Diplomado en Políticas e Instituciones Educativas con Enfoque de Género; Diplomado en Gestión, investigación y usos pedagógicos de archivos en la era digital; Especialista de Nivel Superior en Escuelas y Cultura Digital; Especialista en Gestión y Conducción del Sistema Educativo y sus Instituciones; Diplomado Superior en educación, imágenes y medios en la cultura digital y Especialista Docente de Nivel Superior en Educación y TIC.  

Se desempeña como docente desde el 2009. Trabaja en el nivel secundario en Bachilleres con orientación en Comunicación y Multimedia. Además, ejerce la docencia en el nivel superior en la Universidad Nacional de Avellaneda en talleres de lectocomprensión académica. Por otra parte, trabaja en la ciudad de Buenos Aires en el IES N°1 Alicia Moreau de Justo en las cátedras de Semiología y Análisis del discurso y en el ISFD Joaquín V. González en las cátedras Lectura, Escritura y Oralidad I y II.

Además, es profesor en la ciudad de Avellaneda en el ISFD N°1 “Abuelas de Plaza de Mayo” a cargo de las cátedras Semiótica, Cultura Digital y Educación, Oratoria y Retórica y Medios Audiovisuales, Tics y Educación y en el ISFD N°100 de la Unidad Académica Próspero Alemandri en la cátedra de Cultura Digital y Educación. En Quilmes, ejerce como profesor en el ISFD N°104 en la cátedra de Cultura, Comunicación y Educación. Es coautor del libro de texto “Comunicación y Cultura del consumo” de Editorial Maipue, destinado a 5to año del bachiller en Comunicación.

Su primer libro “Tramas, lugares y [des]amores”, una antología de cuentos que aborda cuestiones de género, será publicado en 2025 por Editorial Olivia.