Por: Alejandro Arnedo
Nuestro deporte ha tenido grandes ídolos nacionales, figuras consagradas a nivel mundial, pero probablemente las nuevas generaciones de argentinos no conozcan la historia de quien fuera uno de los máximos exponentes de nuestro deporte y particularmente de nuestro boxeo: Víctor Emilio Galindez.
La localidad de Vedia en el norte de la Provincia de Buenos Aires, con sus enormes paisajes de campo y verde lo vio nacer en los albores de noviembre de 1948. El aire puro de esa llanura pampeana no era suficiente y tuvo que migrar.
En la década del 60 se mudo a Morón buscando nuevas oportunidades de trabajo en una Argentina políticamente convulsionada pero sin los problemas económicos y sociales de la actualidad. El boxeo se presentaba como una oportunidad.
El Leopardo, tal su apodo, con su cuello ancho, su importante caja torácica, su buena pegada pero fundamentalmente su guapeza asomaba cómo alguien que podía hacer historia en la actividad.
El primer maestro fue Horacio García, luego Oscar Casanovas quien le abriría las puertas del Luna Park. Víctor, un muchacho que se había destacado como amateur, llegaba así a la meca del boxeo argentino en una época dorada para codearse con nombres de la talla de Nicolino Locche, Carlos Monzón o el mismísimo Ringo Bonavena.
El muchacho de Vedia, tímido e introvertido entablaría una gran amistad con el estridente Ringo quien lo alentaba a realizar declaraciones altisonantes y a provocar a los rivales en la previa de las peleas, algo que Bonavena , con la picardía del porteño de barrio, entendía y manejaba a la perfección. Galindez era llamativo con su vestimenta, siempre con camisas floreadas, pantalones Oxford y zapatos con un leve taco como se usaba en la época pero aquello de la provocación y el juego mediático no eran su fuerte.
Ganó la medalla de Plata en los juegos Panamericanos de Winnipeg, allá por el año 1967. No le fue tan bien en los juegos Olímpicos de México en 1968 siendo derrotado en primera ronda. En 1969 se convirtió en profesional. El 22 de julio de 1972 ganó el título argentino al derrotar por puntos a Juan Aguilar. El 7 de octubre de ese mismo año obtenía el título sudamericano al derrotar a Avenamar Peralta por puntos.
Sus rivales tuvieron que irse al exterior para buscar alguna chance ya que Galindez barría con todos e incluso con rivales de fuste en el plano internacional.
De esa manera en 1974 le llegaría la oportunidad por la corona mundial marcando un hecho histórico: era el primer argentino en pelear por alcanzar un título del mundo en el Luna.
El combate se llevaría a cabo el 7 de diciembre frente al norteamericano Len Hutchins y fue victoria para Galindez por abandono en el round número 13. Reinaría en la categoría semipesado desde ese 1974 hasta 1978 atrayendo al público con su coraje arriba del cuadrilátero más que con su técnica.

Fue protagonista del primer combate por un título mundial entre argentinos cuando enfrentó el 30 de junio de 1975 en el mítico Madison Square Garden a Jorge Aconcagua Ahumada al que venció por puntos al cabo de 15 asaltos. Pero su pelea más recordada se daría el 22 de mayo de 1976 en Johannesburgo frente al estadounidense Ricchie Kates.
El norteamericano le abriría la ceja derecha en el tercer round con un cabezazo y Galindez tuvo que pelear desde ese momento prácticamente a ciegas. Esa noche Galindez, un campeón herido y furioso, sacó a relucir toda su guapeza y coraje pero también su técnica derrotando a Kates por KO a escasos 14 segundos del final de la pelea.
La camisa ensangrentada del árbitro Stanley Christodolou se exhibe actualmente en el museo del boxeo en Johannesburgo como testigo de aquella epopeya boxística. De ese combate se recuerda la victoria épica pero también el llanto de Galindez al terminar el combate y enterarse del asesinato de su amigo Ringo Bonavena, hecho ocurrido justo antes de que Víctor subiera a pelear y que el rincón decidió mantener en secreto hasta finalizada la contienda.
El 5 de septiembre de 1978, en ocasión de su 13 defensa perdería el título frente a Mike Rossman, rival ante quien al año siguiente recuperaría el cinturón con una victoria en el round 9 por abandono.
En su primera defensa el 30 de noviembre de ese mismo año ante Marvin Johnson perdería nuevamente el título. Volvería a intentarlo en una pelea eliminatoria frente Jesse Burnet pero caería derrotado por puntos en 12 asaltos en el que sería su último combate.
El rival más difícil para Galindez a lo largo de su carrera había sido la balanza, sufría para dar los 79,300; eso y también su temor a morir arriba de un ring. Dejar la actividad boxística representaba un alivio en ese sentido.
Siendo un joven de 32 años retirado decidió volcarse a su segunda pasión, el automovilismo. Los autos siempre lo habían atrapado, se recuerda su Ford Fairlane azul con lunares blancos, el Fiat 125 con los colores de Boca (club del que era fanático) y su adoración por las cupé Mercedes Pagoda, un verdadero lujo para la época.
Antonio Lizeviche, un corredor de Turismo Carretera de la época, le había ofrecido venderle su Chevrolet. Acordaron que en la siguiente carrera Galindez fuese como acompañante de Lizeviche para sentir el auto.

A las 12.50 del 26 de octubre de 1980 partían en la 11 fila para correr la fina del TC en la localidad de 25 de mayo. El trayecto fue corto ya que a los 6 km debieron abandonar por un problema con la caja de cambios en el cruce de las rutas 51 y 46.
Decidieron volver caminando a contramano del circuito, iban saludando al público, se detuvieron a charlar con el piloto Miguel Atauri quien estaba detenido por un desperfecto. Este se ofreció a llevarlos a boxes pero prefirieron seguir caminando. A las 13.24 el Falcón de Marcial Feijoo cumplía su sexta pasada, apareado por Antonio Bautista y Daniel Corso.
La cola del vehículo de Feijoo se movió, algunos testigos adujeron un roce, el auto se puso perpendicular a la ruta, comenzó a hacer trompos levantando una polvareda que impedía la visión e impactó con su lateral derecho sobre las humanidades de Lizeviche y Galindez quienes murieron en el acto.
De esa manera trágica y accidental, con tan solo 32 años terminaba la vida del mejor medio pesado de la historia del boxeo argentino, el que es recordado hasta nuestros días por su guapeza arriba del ring. El que temía morir en combate encontraba paradójicamente la muerte en la cinta asfáltica. Bien lejos de las luces del cuadrilátero sonaba la campana del último round.